En 1996, la policía militar brasileña abrió fuego contra una marcha pacífica de trabajadores sin tierra, matando a 21 personas en lo que se conoció como la masacre de Eldorado do Carajás. Treinta años después, la justicia sigue sin hacerse plenamente. La mayoría de los responsables nunca rindieron cuentas, y las fuerzas más profundas detrás de la violencia —las élites políticas, los terratenientes y los intereses corporativos— siguen prácticamente intactas. Pero el movimiento que intentaron destruir no desapareció, sino que creció.

